El retablo mayor de la iglesia de San Mateo de Lucena: una obra maestra del Renacimiento andaluz

En el presbiterio de la iglesia de San Mateo de Lucena (Córdoba) se levanta uno de los grandes conjuntos retablísticos del Renacimiento andaluz. Monumental por sus dimensiones y extraordinario por la calidad de su arquitectura, escultura y policromía, el retablo mayor de San Mateo de Lucena constituye una obra fundamental para comprender la evolución de la escultura andaluza durante el último tercio del siglo XVI.

Su realización reunió a algunos de los nombres más relevantes del panorama artístico de la época: Jerónimo Hernández, responsable de su arquitectura y buena parte de su talla; Juan Bautista Vázquez el Viejo, vinculado a sus grandes relieves historiados, y Antonio Mohedano, encargado posteriormente de su dorado y policromía.

Con unas dimensiones aproximadas de 12,60 metros de altura por 9,20 metros de anchura, el retablo domina visualmente la cabecera del templo y desarrolla un extenso programa iconográfico en el que arquitectura, escultura y color forman un conjunto de excepcional riqueza.

La monumentalidad del retablo debe entenderse en relación con el espacio para el que fue concebido.

La actual iglesia de San Mateo constituye uno de los edificios religiosos más importantes de Lucena. En su arquitectura conviven diferentes momentos constructivos y lenguajes artísticos. La cabecera conserva elementos vinculados al gótico tardío, mientras que buena parte del templo responde ya a planteamientos renacentistas.

Especialmente significativa es su portada principal, tradicionalmente relacionada con Hernán Ruiz II, uno de los grandes arquitectos del Renacimiento andaluz.

En este marco arquitectónico se encuentra el retablo mayor, concebido para ocupar y monumentalizar visualmente el presbiterio.

La contemplación del conjunto desde la nave permite comprender algo que resulta difícil percibir mediante fotografías aisladas: el retablo fue concebido como una auténtica arquitectura dentro de la arquitectura.

El encargo a Jerónimo Hernández

La historia del retablo comienza documentalmente el 25 de octubre de 1570, cuando el escultor Jerónimo Hernández se comprometió a realizar su arquitectura, ensamblaje y talla.

Hernández constituye una figura esencial para entender la renovación de la escultura sevillana de la segunda mitad del siglo XVI. Su actividad se desarrolla en un momento decisivo, cuando las formas plenamente renacentistas evolucionan hacia soluciones manieristas que terminarán preparando el terreno para la gran escuela escultórica sevillana del siglo XVII.

En San Mateo de Lucena encontramos precisamente esa transición.

El retablo conserva todavía la claridad arquitectónica y la organización característica del Renacimiento, pero introduce una creciente monumentalidad en las figuras, una mayor complejidad compositiva y una expresividad que anuncia transformaciones posteriores.

Juan Bautista Vázquez el Viejo y los grandes relieves

La magnitud de la empresa hizo necesaria la participación de otro de los grandes escultores del Renacimiento español: Juan Bautista Vázquez el Viejo.

A partir de 1572 quedó vinculado a la realización de los relieves que forman una parte fundamental del programa narrativo del retablo. Los trabajos escultóricos se prolongaron durante la década de 1570, situándose la conclusión del conjunto hacia 1579.

La importancia de Vázquez el Viejo dentro de la escultura andaluza resulta difícil de exagerar. Su llegada a Sevilla contribuyó decisivamente a introducir y consolidar nuevos modelos formales relacionados con el Renacimiento castellano e italiano.

En Lucena, los grandes relieves permiten comprobar la capacidad del escultor y de su entorno para convertir episodios religiosos en complejas escenas narrativas.

Los personajes se distribuyen en distintos planos, los gestos establecen relaciones entre las figuras y las arquitecturas representadas contribuyen a crear profundidad. El resultado se encuentra a medio camino entre la escultura y una pintura construida mediante volúmenes.

El retablo está realizado fundamentalmente en madera tallada, dorada y policromada y responde a una rigurosa organización arquitectónica.

Su estructura se articula mediante cinco calles verticales, organizadas a su vez en diferentes niveles: banco, cuerpos superiores y ático.

Columnas de diferentes órdenes, entablamentos, frontones, hornacinas y elementos ornamentales generan una arquitectura de creciente complejidad conforme la mirada asciende hacia la zona superior.

La estructura no cumple únicamente una función decorativa. Actúa como un auténtico sistema de ordenación visual.

Cada escena ocupa un lugar dentro de un programa general y la arquitectura establece jerarquías entre los distintos episodios y personajes representados.

La fotografía frontal del conjunto permite observar con especial claridad esta organización geométrica, algo que puede resultar más difícil cuando el retablo se contempla desde el nivel del suelo.

Un gran relato en imágenes

Uno de los aspectos más extraordinarios del retablo mayor de San Mateo es la amplitud de su programa iconográfico.

A través de relieves y esculturas se desarrolla un recorrido por diferentes episodios de la historia sagrada, con especial protagonismo de la vida de Cristo.

Entre las escenas documentadas en el conjunto encontramos episodios como la Anunciación, la Presentación en el Templo, la Huida a Egipto, la Disputa de Jesús entre los doctores, el Bautismo de Cristo, la Última Cena, la Oración en el Huerto, el Prendimiento, el Ecce Homo, el Descendimiento y el Entierro de Cristo, entre otros.

La Anunciación

La representación de la Anunciación introduce uno de los episodios fundamentales del ciclo de la Encarnación. La disposición de las figuras, los plegados de las vestimentas y la construcción espacial permiten apreciar el lenguaje escultórico desarrollado en el conjunto.

La Presentación en el Templo

La escena ofrece un excelente ejemplo de la capacidad narrativa del relieve renacentista. La arquitectura y las figuras contribuyen a organizar la composición y a dirigir la mirada hacia el episodio principal.

El Bautismo de Cristo

En el Bautismo, la relación entre las figuras principales y el tratamiento del paisaje y de los elementos secundarios permite comprobar hasta qué punto estos relieves fueron concebidos para ser contemplados como verdaderas escenas narrativas.

La Última Cena

La Última Cena permite desarrollar una composición coral en la que la disposición de los apóstoles, sus actitudes y gestos construyen el ritmo de la escena alrededor de Cristo.

La Oración en el Huerto

El episodio introduce un registro más íntimo dentro de la narración de la Pasión. Los recursos gestuales y la disposición de las figuras contribuyen a intensificar el contenido emocional de la escena.

Del Prendimiento al Ecce Homo

A medida que avanza el ciclo de la Pasión aumenta también la intensidad narrativa. Las escenas permiten observar la variedad de tipos humanos, gestos y actitudes utilizados por los escultores para diferenciar a los distintos protagonistas.

El Descendimiento y el Entierro de Cristo

El Descendimiento y el Entierro se encuentran entre las composiciones que mejor permiten estudiar el tratamiento de grupos numerosos y la expresión del dolor.

La acumulación de personajes no impide mantener una lectura ordenada de la escena. Gestos, miradas y diagonales conducen hacia la figura de Cristo y articulan visualmente el relato.

El programa del retablo no se limita a sus grandes relieves.

Distribuidas por su arquitectura aparecen numerosas esculturas exentas que amplían el significado iconográfico del conjunto y establecen relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Entre las figuras documentadas se encuentran evangelistas, apóstoles, profetas y santos, además de representaciones fundamentales como San Mateo, Santiago, Isaías, Ezequiel, la Resurrección, la Asunción, el Calvario y el Padre Eterno.

Fotografiadas individualmente, estas imágenes permiten apreciar una calidad escultórica que puede pasar inadvertida cuando se contempla exclusivamente el conjunto.

El tratamiento de los rostros, cabellos y barbas; la construcción de los plegados; la anatomía; las manos y los atributos iconográficos revelan el cuidado dedicado incluso a figuras situadas a considerable altura.

Antonio Mohedano: oro y policromía

La apariencia que hoy asociamos al retablo no depende exclusivamente de su arquitectura y escultura.

Décadas después de iniciarse la obra, Antonio Mohedano intervino en su acabado mediante los trabajos de dorado y policromía. La documentación patrimonial fecha esta fase en 1607.

La incorporación del oro y el color transformó profundamente la percepción de la arquitectura y de las esculturas.

El dorado multiplica los efectos de la luz y establece diferencias entre los elementos arquitectónicos, mientras que las carnaciones, vestimentas y estofados proporcionan individualidad a las figuras.

Aquí es donde la fotografía de detalle adquiere especial importancia.

Una observación próxima permite descubrir incisiones, motivos ornamentales, pequeñas variaciones cromáticas, texturas y procedimientos técnicos prácticamente invisibles desde la nave de la iglesia.

El retablo mayor de San Mateo se sitúa en un momento especialmente interesante de la historia del arte andaluz.

La claridad estructural heredada del Renacimiento convive con soluciones características del Manierismo: mayor complejidad de las composiciones, estilización de determinadas figuras, creciente expresividad y una arquitectura cada vez más dinámica.

Por ello, el conjunto de Lucena constituye un magnífico testimonio de las transformaciones experimentadas por la escultura andaluza durante las últimas décadas del siglo XVI.

No estamos todavía ante el retablo barroco que dominará los templos andaluces durante los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, algunos de los recursos visuales y narrativos que alcanzarán entonces su máximo desarrollo comienzan ya a hacerse evidentes.

Existe además otra razón que convierte este retablo en una obra especialmente significativa.

Jerónimo Hernández y Juan Bautista Vázquez el Viejo pertenecen al ambiente artístico que precede a la extraordinaria expansión de la escuela sevillana de escultura.

Las experiencias desarrolladas por estos maestros durante la segunda mitad del XVI contribuyeron a establecer un lenguaje escultórico que tendría continuidad en generaciones posteriores.

Estudiar el retablo de Lucena significa, por tanto, aproximarse a uno de los momentos en los que se están configurando algunos de los fundamentos de la escultura andaluza de la Edad Moderna.

Newslewtter

Mantente actualizado

Ir al contenido